Céspedes y Martí
Por Manuel Sanguily
Difícilmente logro dominar la profunda emoción que a punto está de anublar mi espíritu y casi me apaga la voz que desfallece en este momento tan solemne y para mí tan grave. Vuelvo la vista a todos lados, reconozco por el recogimiento del numeroso y excelente concurso la grandeza de este acto de conmemoración sagrada: sé, por lo mismo, que estoy despierto, y sin embargo me figuro que aún no ha pasado la reciente pesadilla, que apenas si acabo de salir de un sueño de dieciocho años, como si hubiese sido yo el durmiente del cuento maravilloso, y que persiste en mí la extraña ilusión de que a mí alrededor nada ha cambiado en tan largo espacio de vida; sino que las circunstancias y los hombres son los mismos ahora que cuando se cerraban a la luz mis párpados y perdía en letárgico encantamiento la conciencia. Porque me estoy viendo ahora mismo, de pie, lejos de la tierra querida, en medio de compatriotas emigrados, como cuando al volver del campo de batalla, en 1877, cumpliendo honorífica y muy ardua comisión oficial, solicitaba yo para las necesitadas huestes insurrectas el óbolo de generoso desprendimiento, e invocando la patria comprometida pretendía aunar la negación y la magnanimidad para que resueltamente apagasen la antorcha de la discordia en el dintel de nuestros hogares. Entonces, si desconfiaba ya del éxito, era en cambio demasiado joven e inexperto aún, y creía que el mundo, como yo, reverenciaba de veras la justicia, amaba la libertad a extremo de sostenerla y ampararla, y que no era procedente, que bien era un sacrilegio, dudar siquiera que fuesen algo más que accidentes pasajeros los triunfos ilegítimos y brutales de la fuerza. Entonces también debía sentirme y -¿por qué no?- me sentía satisfecho. Había cumplido con mi país y con mi conciencia, y al salir del campamento creyendo regresar a él muy pronto, me había sido otorgado el privilegio de derramar mi sangre y conservar la vida, de sobredurar a las privaciones y los peligros de una década terrible, sin que la guerra se llevara al fin con sus horrores pedazos palpitantes de mi corazón. ¡Ah! Sí, porque él había estado y estaba entonces todavía junto a mí, como nuncio de esperanza consoladora y testimonio de merecida victoria, que por su aspecto dedicado y juvenil, su rostro risueño, su belleza romántica, a la manera de los típicos donceles de los tiempos feudales, y sobre todo por sus hazañas recientes, sus miembros rotos y atrofiados por el plomo de los combates; por el recuerdo vivaz de las fantásticas cargas en que iba delantero siempre, aunque sólo tenía un brazo para dictar a los suyos la arremetida incontrastable; por el prestigio que circundaba tan noble mocedad y tan estoico sufrimiento alegremente consagrados a las más atrevidas y temerosas empresas, aquel ilustre inválido parecía a la contemplación enternecida y asombrada de propios y extraños la encarnación angélica de la virtud cubana, la imagen luminosa del heroísmo revolucionario. Y como si a pesar de tantas analogías entre ésta y la edad pasada debiera yo disipar las ilusiones de un instante para volver a la realidad amarga y trágica, en vano la busco angustiado, porque él no está aquí, ni la trompa de la Fama, al pregonar ahora el nombre de los héroes de la guerra, tampoco resuena anunciando sus proezas en el llano, otra vez estremecido por el galope marcial de los corceles. Detrás de los hierros de un calabozo no veo desde aquí, como león enjaulado al guerrero encanecido que triste suspira al rumor de la creciente lucha, sumido en melancólicos ensueños, a la revivir desesperado la epopeya de su gloria de patriota, enfrente de las humanas ingratitudes e iniquidades, y ante el vario girar de la fortuna, alza al cielo la misma mano destrozada que un día se extendió para recibir una limosna con que socorrer a la República agonizante, pidiendo en su actual inmerecido infortunio, a sus enemigos respeto y a sus compatriotas amor.
Empero han pasado dieciocho años: el mundo nos había olvidado, había olvidado nuestro largo martirio, nuestro épico luchar por la emancipación del esclavo y la redención de la patria, y acaso no quedaba ya de nosotros sino la vaga y desdeñosa reminiscencia de una lucha estéril. Un período de calma aparente y de reacción escéptica había sucedido a la guerra desoladora. La sociedad inmediatamente aparecía distinta: en la primera hora de esa renovación inesperada, aún se celebra el valor con que los insurrectos combatieron, su resistencia asombrosa a la fatiga, su inmensa resignación en la miseria; pero al cabo se consideraba funesta la Resolución y cuando ocurrió después, las transformaciones de mera forma, y aún la grande y única transformación fundamental de la condición más íntima del país, se atribuyeron a los españoles, cuando cabalmente contra su resistencia a realizarlas se había alzado casi inerme al pueblo cubano.
No ha habido motivo más hondo de legítimo abatimiento de pesar para un pueblo generoso que ese espectáculo de su vilipendio, que ver cómo se le declaraba insensato o estúpido, pues que por todas partes oía decir que había sido impaciente y violento, sin reflexionar que se sacrificaba por lo mismo que le hubieran otorgado graciosamente. De esa manera el heroísmo resultaba una enfermedad lastimosa, la virtud un desatino, la aspiración un crimen. ¿Quién podía pensar en el pasado sin confusión, en el porvenir sin incertidumbre? ¿Quién habría de pedir al país desconcertado que volviese a sacrificarse por lo incierto y lo desconocido, si, a su vista, sus mismas todavía frescas cicatrices no merecían sino el desdén aristocrático de la grave sabiduría, la compasión de sus nuevos mentores, si ya estos proclamaban sin miramientos -y como si a virtud de muy serios y especiales estudios pudiesen estar absolutamente convencidos- que el revolucionario que sacrifica por el ideal sus intereses, y el reaccionario que sacrifica a sus intereses el ideal, eran dos gemelos satánicos engendrados en la perversión de la conciencia social, dos especies a fines de criminales o enfermos, dignos, por ende, del hospital o de la horca?
La paz impuesta por la razón, el orden impuesto por la ciencia debían reinar y reinaban en todos los ámbitos del país. El pueblo estaba sujeto, acaso domado; el gobierno lo vigilaba con sus tropas; los conservadores lo acorralaban desconfiados con sus huestes en acecho; los autonomistas lo adormecían entre endechas y barcarolas de esperanzas mentirosas con el miraje deslumbrante del oasis siempre fugitivo y lejano; pero de repente, ante el mundo atónito, se renuevan y reproducen, en una resurrección cuasi milagrosa, los tiempos abominados y augustos, como si la lucha no hubiera cesado, o como si lo que creíamos la derrota no fuese sino el descanso necesario y reparador, y tras receso tan prolongado, los ecos de la tierra repiten en un clamor inmenso de vida las memorias gloriosas y las soberbias esperanzas del pueblo cubano. ¡Ah! sí, descansaba no más; descansaba de sobrehumana fatiga de matar y de morir por la honra, por la libertad y por la justicia; descansaba de medio siglo de trabajos siempre estériles, más siempre proseguidos; restañaba dolorido y silencioso las mil fuentes por donde perdió un raudal de sangre generosa con que lavó todas las impurezas de su historia y, como en Jordán sagrado, se purificó del contagio de crímenes ajenos perpetrados en su nombre: se restauraba despacio de diez años de mucha hambre, de absoluta desnudez de miseria incomparable y sublime; y depauperado, extenuado, caído en la gran encrucijada del mundo nuevo por haber pretendido completarlo y enaltecerlo, solitario en su soberana quimera, resignado en desalentador abandono e inmerecido vencimiento, parecía haber muerto: sus falsos amigos lo menospreciaban, sus vencedores apuraban, despreocupados ya, la copa espumante del festín de sangre, cuando vieron de improviso que aquel de quien creyeron que había concluido de una vez volvía indomable a la tarea interrumpida, que en el estercolero del despreciado leproso se alzaba repuesto titán y vengador celeste, recogía el terrible acero medio oculto y abandonado hasta entonces entre las frías cenizas, para hacerlo centellar en el horizonte americano como un cometa de apocalípticos presagios.
Y he aquí cómo la obra colosal a que uniera su nombre Carlos Manuel de Céspedes, que el comenzara un día como hoy, glorioso e inmortal, no quedó paralizada; sino que era empeño demasiado vasto, complicado y difícil para que hubiera podido realizarlo una sola generación. Abrió él un nuevo grandioso horizonte, inició una empresa estupenda; los que se le unieron o acudieron en su ayuda tuvieron a la postre que ceder dejándola incompleta; pero dejando también, como herencia santa, a las generaciones sucesivas, el deber ineludible de continuarla y rematarla. Los émulos del resuelto caudillo, los restos del gran naufragio, desparramados por todos los rumbos del planeta, una vez más se conciertan y reúnen agrupando en torno suyo a las generaciones nuevas, y este concurso sorprendente de la experiencia de la fe y del entusiasmo realiza y confirma la unidad de nuestro espíritu y nuestra historia, revelando la poderosa alma del pueblo cubano que a través de vicisitudes tan extremas como misteriosas prepara su advenimiento a la nacionalidad y a la vida universal.
Por eso al invocar con reverencia y con orgullo el nombre venerado de ese varón que tan profunda huella imprimiera en nuestro corazón y nuestra memoria, recuerdo por fuerza, con el pesar que despierta la contemplación del vario y comúnmente infortunado destino de los hombres superiores, que en aquella época de relativa despreocupación moral, cuando la conciencia cubana había renunciado en apariencia a un ideal que se condenaba con insidia a todas horas como utopía calenturienta y enfermiza, los que sin embargo le rendíamos -bien que atribulados- secreto culto, oíamos confusamente, al llegar este día, cual vano e indefinible murmullo, las promesas y las amenazas de grupos aislados de cubanos pobres que muy a lo lejos invocaban la antigua gloria y confiaban todavía en su renovación y su eficacia redentora. El mar, de vez en cuando, sosegaba su sordina melodiosa la hirviente palpitación de su oleaje, como si quisiera dejarnos oír juramentos que se tenían por inútiles y votos que se creían perdidos, y alguna vez que también la gente conforme y satisfecha a quien irritaba la importuna repetición, año tras año, de esa protesta baldía y tenaz de la quimera, solía volver los ojos hacia acá preguntando quién era el insensato que se afanaba por resucitar los muertos y no se avergonzaba de anunciar como un profeta el triunfo de la República en una colonia monárquica de España. Yo le busqué también entonces, no era para maldecir su nombre sus intentos, sino para lamentar compadecido su infortunio, cuya amargura había a mi turno saboreado sin consuelo: el infortunio de esos hombres que sus contemporáneos desdeñan a menudo por delirantes o ilusos, pero que luego, si caen empuñando la enseña salvadora, que es cuando suelen triunfar, reciben el póstumo tributo de la admiración humana, las aclamaciones de los pueblos, que al fin reconocen su grandeza…
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